miércoles, 10 de noviembre de 2010

JAIME JARAMILLO ESCOBAR

                              X-504



El canto del siglo
 
                                 a jorge barros martínez


La riqueza no necesita quién la cante,
porque ella se canta a sí misma.

Pero estos pobres, ¿qué canto tienen?

Voy a cantar con los pobres, allá lejos,
a la orilla del río,
donde no nos oigan los ricos,
Porque si nos oyen querrán comprar
nuestro canto
para después vendérnoslo a nosotros mismos
y hacer el negocio del siglo.

Nuestro canto es hermoso y no sólo nos alegra
a nosotros,
sino que también podría alegrar a los ricos,
si los ricos quisieran dejar esa pena que los
agobia.

No somos avaros de nuestro canto, todo el mundo
puede alegrarse con él, pero el canto no se vende,
porque el canto es el surtidor de la garganta.


Dice Gonzalo Arango: “en un
reportaje, único que ha dado en su vida, el poeta X-504(JJE)
me dijo: ‘El secreto de mi estilo está en que siempre escribo
desnudo’”.






















El deseo

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,
y que nos sentemos en un café a hablar largamente
de las cosas pequeñas de la vida,
a recordar de cuanto tú fuiste soldado,
o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos
la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos
a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.
Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente
y nos estábamos callados.
Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre
en la misma esquina hasta el día siguiente,
con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la[vida,
pero que sólo se da en la juventud,
cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan
entre el bolsillo,
y se tienen creencias y confianzas
así en el mundo como en uno mismo.
Y quiero además aún hablarte,
pues tú tienes dieciocho años y podríamos divertirnos esta
noche con cerveza y música,
y después yo seguir viviendo como si nada...
o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,
mientras la Muerte me espera en el guardarropa para
ponerme mi abrigo negro a la salida,
yo buscando la puerta de emergencia,
la escalera de incendios que conduce al infierno,
todas las salidas custodiadas por desconocidos.
Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.
Mientras la tarde transcurre
evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos
a decir las últimas palabras cada noche
o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir
[comprendí que te amaba,
y en fin, tantas otras cosas que suceden...




PORFIRIO BARBA-JACOB

                                               A JOSE ALVAREZ PINTO


Porfirio B-J dando alaridos por toda América,
primitivos alaridos desesperados, gritos de parturienta,
que horrorizan a Mr. Eliot tan educado, u verdadero gentleman.
Porfirio desmelenado, como las furias, sin ninguna consideración
por mi barrio,
Porfirio avolcanado, echando lava y humo por toda América,
desgreñado, peludo, moviendo las aspas como un molino;
no creo que haya sido recibido en el cielo con esos modales.
Y sin embargo también era un solitario entre llamas y azufres,
sufriendo de desmesura terrenal, arrebatado, acosado, energúmeno,
viniendo hacia mí con grandes berridos atemorizantes,
yendo de aquí para allá como si fuera el viento,
que a veces amaina y se vuelve tierno entre las cosas débiles,
y luego otra vez tumultuoso y desordenado como río salido de madre.
exaltado, turbulento, tempestuoso,
para qué tanto afán, esos gritos me alteran los nervios.
Pero él creía que tenía que gritar, un americano rústico,
bramando como un poseso, balando, todo el tiempo clamando,
arrastrando un dolor demasiado grande,
dando puños a todo,
arbitrario, desaforado, devastado, palidísimo,
al trote y al galope,
para qué tanta agitación, fatigarse con imprecaciones.
Más vale quedarse en silencio delante del té.
Demasiadas preguntas para la única respuesta disponible,
y esa retórica ampulosa de la época, que complicaba las cosas.
Después de asustarnos desconsideradamente con la máxima alarma,
habiendo dado a nuestra puerta, tan respetable, unos golpes tremendos,
se quedaba de pronto tranquilo, mirando el campo,
el árbol que sombrea la llanura, el cordero que pace la grama, el son del
viento en la arcada.
Y sin embargo necesitó de toda esa fuerza para revelarnos su existencia y la
la nuestra.
Sin su grito estentóreo, en aquellos años apacibles entre las dos guerras,
es posible que no nos hubiésemos enterado de nada.
Pero, por qué nos apura en el peor momento,
cuando llegamos al punto donde se borra el camino?




LICANTROPÍA

1

Yo erraba flotando por la tierra,
y a punto de desaparecer me detenía
en el aire de los lejanos barrios nocturnos, sobre las altas lámparas oscilantes,
en espera de ese momento en que la luz nos acogiera.


2

Te pusiste a orinar tan desafiante delante de mí. Mal hecho. Después me que
daría acordando de eso.

Y por eso fue que tuve que ponerme a caminar por los aires, como volando,
hasta que dejaras de orinar, ¡pero cuándo será!


3

Si uno viaja en auto, durante la noche,
no se tiene que poner a tocarse con los compañeros,
porque después cada uno se despide pero no se va,
sino que se queda para siempre con los mismos quince años que tenía en aquel
viernesanto,
el auto eternamente volando bajo espinas y clavos con una sangre roja como de fruta
que no ha conocido el diente


4

Cuando te vuelvas a bañar en una alberca que está en el pasado, debes hacerlo solo.
Menos mal que ahora vives en Nueva York, donde yo nunca iré.
Porque aquella vez dijiste esas cosas obscenas,
cosas de muchachos, que no significan nada.


5

Aunque niño todavía,
siempre estaba abrazándome para que lo besara,
con esa ternura que anda buscando a quién darse.
Su padre lo mató obligándole a hacer a pie un viaje muy largo.
Ese niño estuvo varios años en el infierno,
y después salió tocando la pandereta.


6

En Fundación, reverberante y bulliciosa,
se me apareció un joven desconocido que me dijo:
-Te vi salir de Santa Marta y de inmediato he tomado un carro
para venir a alcanzarte en esta estación, donde el tren hace una parada larga.
Seguiré contigo hasta Gamarra, en el interior de las tierras cálidas,
y desde allí retomaré porque mi abuela me espera.
No me dijo su nombre. Nos tomamos las manos. Se despidió alegremente.
Así deben ser todas las historias de ángeles


7

Si vas a Cartagena, en Boca Chica
los guías negros y los bateleros te ofrecerán sus servicios.
Sonrientes y obsequiosos, seas hombre o mujer,
te conducirán a una playa solitaria para que tengas el recuerdo que quieras
de aquel breve viaje de turismo.
Si te niegas a hacerlo se sentirán ofendidos y lo tomarán a desprecio.
Te dirán como a mí: “No sabes lo que te pierdes. La próxima vez es mejor
que no vengas”.


8

Sus padres, que lo amaban, estaban de acuerdo en que mi amistad era lo
más conveniente.
Por lo menos así estarían ellos seguros.
Y de ese modo todos fuimos felices.
No hay duda de que eran unos padres inteligentes.


9

Con su encantadora cabeza de dormir,
y unos ojos azules y desamparados,
la piel transparente, el corazón pequeñito,
sin fuerzas para extraer la crema dental,
dejó caer sus ropas frente a mí y me dijo:
“he venido para que seas mi padre”.



JOTAMARIO DE CALI

                                          …y continúa muy puñaletero el maldito…

                                                                                 GONZALO ARANGO


“Barbilindo poeta” se describió a sí mismo con sorna, con amor, encabritado
en esa “pirueta bufa” con que el crítico lo define.
La autocrítica y el auto elogio van parejos en su vida desvergonzada.
Es más:
en un escrito afirmo ser la verga más vergaja de Colombia, para
estupor de tantos lectores castísimos de Bogotá,
y no hay duda de que él lo decía con sus segundas intenciones, como todo
lo que hace y lo que ha hecho desde un principio,
cuando aseguraba públicamente, con el cinismo de su escuela,
que una obra no es de quien la escribe sino del primero que la publica.
En su juventud se daba fama de cuchillero en su barrio,
pero todos sus amigos lo queríamos cuando lo íbamos a visitar bajo algodones
y gasas,
suspirando en la tarde soñolienta por una venganza incompleta,
levantándose antes de tiempo y quitándose los vendajes con desprecio,
pero volviéndoselos a poner cuando los visitantes se alejaban.
Entre los dadaístas, Jotamario es el cuento de nunca acabar.
Gonzalo Arango lo quería más que a sus mujeres,
y mucho más que así mismo, pues varias veces arriesgó su vida por la de él,
y pasó muchas noches escribiéndole sus mejores cartas
con ese amor que Gonzalo tuvo por sus amigos, por lo cual ellos le amaron asi
mismo más que a sus mujeres y a sus amantes y que a su patria,
porque la patria son nuestros amigos –no son unas piedras-.
También Jotamario ha sabido ser un señor de sólido corazón para con sus amigos,
jodido como él mismo pero dispuesto a hacer valer su derecho
de amar –y de odiar- si el amor no le bastaba.
Con un sombrero de Judío Errante y unas botas largas de mujer
atravesó los peores inviernos de la capital y con los mismos el verano,
pero siempre él mismo en verano y en invierno.
Violento hasta el delito y tierno hasta las lágrimas,
sobrio o borracho está siempre ebrio de todo,
y gira a la velocidad de los planetas
que parecen dormidos como un trompo hasta que de pronto cabecean.
Ingenioso y brillante, inteligente y ruidoso, siempre en contravía,
también la tierra ha chocado con él como cuando le arrebató a María de las
Estrellas,
pero Jotamario: “Esa puta Tierra me las pagará,
Yo soy Jotamario”.
Aunque despedazado
siguió siendo Jotamario,
y se le veía muy compuesto por las calles de Bogota,
pero tenía los huesos pegados con esparadrapo.
Me quito el sombrero y le digo: -Señor Jotamario,
yo lo quiero mucho y todos sus amigos lo quieren,
especialmente la poesía lo quiere,
y está dispuesta a irse con usted para aquella isla
donde tanto soñó con ella en aquellos malos tiempos pero con buenos paisajes,
donde se forja la decisión de un hombre criado en un barrio pobre,
desde niño acostumbrado a defenderse con la navaja y a escabullirse de la policía,
que sin embargo varias veces le rajó la cabeza y por eso tuvimos que ir al hospital,
pero siempre tan contento de parecerse a Apollinaire.


                                                    JAIME JARAMILLO ESCOBAR


JJE nació en 1932 en Colombia. Amigo de Gonzalo Arango cuando este
encendió los primeros fuegos del Nadaísmo en Medellín, Jaramillo E. se
le unió, usando el seudónimo de X-540. Entre sus libros: Los poemas de la
ofensa, Sombrero de ahogado, Poemas de tierra caliente, Poesía revelada,
Poesía Pública.

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